José Ramón Pérez AKA ----------------------------------------------------------- AKA sólo puede comprarse en Internet: www.CompraAKA.com Te la enviamos a la dirección que nos indiques, y pagas cuando la recibas (envío contra-reembolso) ----------------------------------------------------------- © José Ramón Pérez Pérez, 2005 Diseño de la cubierta: José Ramón Pérez Pérez Ilustración de la portada: autor desconocido http://www.EditorialAlaxe.com Primera edición, Mayo 2005 ISBN: 84-609-5523-0 Depósito Legal: B-25151-2005 Impresión: Romanyà-Valls S.A. Sant Joan Baptista, 35 08789 La Torre de Claramunt, Barcelona ----------------------------------------------------------- Esta es una larga dedicatoria, como también deben serlo las buenas amistades. Para Javi, por las interminables conversaciones sobre todas las cosas, en los bares a punto de cerrar. Para Jose, que me permitió conocer a las chicas más guapas de la ciudad, aunque siempre se las llevara él. Para Ángel, una persona extraordinaria que me ha dado muchas más cosas de las que él cree. Y para Ino, por supuesto: somos amigos desde que teníamos cinco años, y con eso queda dicho todo. Y para Mariano Pérez Sarmiento, in memoriam. ----------------------------------------------------------- Tiemblo cada vez que tropiezo con una persona que me dice: "Voy a hablarte con franqueza". Todos viviríamos mejor si lográsemos abolir la franqueza y prohibirla mediante secretos. Una bella mentira vale más que mil franquezas juntas. Porque la franqueza revela siempre cosas vulgares y vergonzosas. Y la mentira embellece como una túnica la repulsiva fealdad de la verdad desnuda. Un náufrago en la sopa ÁLVARO DE LAIGLESIA ----------------------------------------------------------- CAPÍTULO 1 Antes de que me sucediera todo lo que me dispongo a relatar, yo pensaba que los peores momentos de mi vida se habían terminado dos años antes, cuando por fin el juez Pera me había mandado a casita libre de cargos. Aunque, la verdad, la absolución no había servido de mucho, porque para entonces Javichu Depy y los demás astros de las ondas llevaban ya varios meses arrastrando mi hasta la fecha impoluta nombradía por las roderas legamosas de la difamación. Y el caso es que su señoría no sólo había reconocido que las acusaciones eran falsas, sino que en verdad se mostró muy generoso conmigo, tanto con el texto admonitorio de la sentencia como con la indemnización que fijó y que, como siempre sucede en estos casos, la poderosa N'Joy Corporation compensó con el pago de una terapia de recuperación en Calumniados Anónimos. Y digo yo: ¿qué tiene que ver esto con la truculenta historia que me propongo narrar y que, por lo demás, poca o ninguna relación guarda con los vericuetos judiciales? Este es el tipo de cosas que mi agente siempre me reprochaba con meloso paternalismo. Él fue también, dicho sea de paso, uno de los que me dieron de lado en cuanto mi nombre se convirtió en combustible mediático. Los detalles, solía decirme en los tiempos gloriosos mientras se sonaba los mocos con los folios de mi último manuscrito: acabarán perdiéndote los detalles. Muchas veces lo llamé después de la demanda por plagio para solicitar, si no su aval, sí al menos su consejo, una palabra amiga que me sirviera de faro en medio de la galerna, pero su secretaria siempre me evitaba con excusas que ni siquiera alcanzaban el rango de mentiras piadosas. Pues, digo, habían pasado casi dos años desde aquel asunto del plagio, y yo me encontraba ya completamente rehabilitado, o tal vez escarmentado, que viene a ser lo mismo, y trabajaba desde hacía unos meses como verificador mnemónico, la misma profesión que ejercía antes de convertirme en afamado escritor y por supuesto antes también del escándalo, y que nunca debí haber abandonado por las tentaciones de la fama y la riqueza. Merced a mi buena disposición rayana en el servilismo no me había sido difícil encontrar un empleo, tanto más cuanto los meses que había pasado en Calumniados Anónimos habían servido también para que la ciudadanía se olvidara de mi nombre y concentrara su atención en los nuevos y horrendos escándalos que los telediarios seguían destapando. Don Agamenón Rodríguez-Liandres, a la sazón presidente de Plásticos y Pleitos S.A., marca registrada de N'Joy Corporation, me había contratado en calidad de trabajador ajeno por cuenta propia, relación laboral esta que consiste, como sabrán todos aquellos que gocen de idéntica condición, en que el trabajador corre con todos los gastos de su actividad mientras entrega los ingresos obtenidos a su Líder de Colectivos Profesionales o LCP, antes llamado empresario, jefe, patrón de yate, o también tirano. A fin de mes, y en justa compensación por sus esfuerzos, el empleado recibe un salario digno o, en ocasiones, indigno si la salud de la empresa no permite dispendios. Precisamente aquella mañana nuestro LCP, don Agamenón, había procedido con la firmeza de pulso que le caracterizaba a recortarnos el sueldo un 18% alegando razones que sólo una sólida formación hípica como la suya permitía descifrar. Tras mostrarnos una serie de gráficos en los que las líneas descendían como arrastradas por una gravedad sobrenatural y originada, al parecer, por nuestra incompetencia, don Agamenón nos invitó a aceptar lo que él llamó una simbólica rebaja en nuestros salarios. Pidió voluntarios y allí estaba yo. Di un paso al frente sin pensarlo. De hecho, di dos pasos al frente, por si alguien más se animaba y se planteaba competencia en el voluntariado. Después, y dirigiéndose en especial a aquellos que habían optado por permanecer quietos, don Agamenón prorrumpió en alabanzas sobre la libertad, los progresos sindicales, y la modernidad que el advenimiento del siglo XXII nos había traído y que, según dijo, permitía la coexistencia pacífica de prohombres como él con patanes como nosotros. Y dicho eso, corrigió con un rotulador las líneas que antes nos había mostrado, aumentó si cabe su pendiente, y con gesto compungido anunció que la situación de la empresa obligaba a un recorte de personal. Por suerte para mí, y sin duda como recompensa hacia la disciplina y responsabilidad que siempre guían mis actos, don Agamenón hizo unas cuentas rápidas con los dedos y nos informó de que el obligado recorte coincidía en número y composición con la fila de empleados que permanecían un paso por detrás. Todavía emocionado, se fundió en un abrazo con el delegado del gobierno y con nuestro representante sindical, y desaparecieron los tres de la sala deslizando entre sollozos algunas frases en las que se lanzaban desafíos para un próximo partido de golf. Un rato después, don Agamenón me hizo llamar a su despacho. Cuando abrí la puerta, vi que el delegado del gobierno, que no era otro que el subsecretario del Ministerio de Diversidad y Minorías, todavía seguía allí dentro, pero nuestro LCP me indicó con un ademán que pasara. --Me preocupa que no tengas ninguna empleada rubia y de ojos verdes --le decía el subsecretario a don Agamenón, palmoteándole la espalda mientras ambos se dirigían ya hacia la puerta--. El 14,7% de las mujeres lo son, y por lo tanto, siguiendo esa proporción, deberías tener 1,27 mujeres rubias y de ojos verdes en esta magnífica empresa. Por ser tú, olvídate de los decimales: te lo dejo en una. --Créeme --le respondía don Agamenón con gesto de pesar--, estaría encantado de tener una empleada rubia y de ojos verdes. --Entiendo perfectamente tu situación, amigo mío. Yo también tuve un negocio hace años, y me consta lo caro que resulta mantener zánganos. Pero ahí está el Acta Global de Igualdad, que para algo se aprobaría, digo yo. Te daré un consejo de amigo: despide a aquel tipo del bigote que estaba en la última fila. --Pero... --intentó objetar don Agamenón. --La discriminación pilosa no está nada perseguida --prosiguió sin detenerse el delegado del gobierno--. Te lo digo yo, que sé de esto. ¿No te has dado cuenta, por ejemplo, de que los toreros no tienen bigote? ¿Y has escuchado alguna protesta al respective? A eso me refiero. Sin embargo las rubias... ¡Y no digamos las de ojos verdes! Están muy organizadas. --Visto así... --Las personas con bigote siempre se han visto obligadas a vivir al margen de la sociedad, créeme. Ahí tenemos a Hitler, por ejemplo, o a Trotsky. O a Frida Kalo. --Suspiró, y en un aparte añadió--: Hazme caso. Olvídate de los tipos con bigote y hazte con una rubia de ojos verdes. Y mientras el subsecretario del Ministerio de Diversidad y Minorías se despedía de don Agamenón y salía de su despacho tras propinarle otro abrazo, yo no tuve más remedio que admitir que, tomado al pie de la letra, aquel era el mejor consejo que había escuchado en mi vida. Por algo aquel hombre era subsecretario. Cuando por fin nos quedamos a solas, don Agamenón regresó a su mesa y cortó con un gesto firme mi intención de tomar asiento. --Hay quien no tiene excusa para explotar a sus semejantes --comenzó a decirme--, pero yo tengo una: mis hijos. Cuando alguien me critica por despedir a media plantilla, yo siempre digo: lo hago por mis hijos. Cierto que no han hecho nada para merecerlo, pero tampoco yo lo hice y mi padre me regaló la empresa cuando se murió, y lo mismo hizo su padre con él, y así sucesivamente. De hecho, no recuerdo ningún antepasado mío que llegara a dar un palo al agua para ganarse la vida, y sin embargo todos hemos vivido como marqueses. Curiosa paradoja, ahora que lo pienso. En fin, supongo que soy un self-madelman, como dicen los americanos. Pero a lo que íbamos: ¿ve todo esto que se extiende ante nuestros ojos, hasta más allá del horizonte? --y, acompañando sus palabras, trazó un amplio arco con el brazo extendido--. Pues algún día será suyo. --¿Mío? --pregunté, no menos emocionado que sorprendido. --No, hombre, no suyo de usted. Suyo de mis hijos. ¿Por qué iba a darle yo a usted nada? Aunque en su favor debo decir que, al menos, nunca ha mordido la mano que le da de comer, cosa que no puede decirse de algunas ratas que tiene como compañeros. Además, es usted servil, piensa poco, y está bien domesticado en la creencia de que sus superiores, por el hecho de serlo, deben poseer más talento e inteligencia que usted. Ah, si yo le contara... Pero no le contaré, claro. En fin, todas estas virtudes no han pasado desapercibidas a mi experto ojo y, precisamente por ellas, estoy considerando ascenderle a Group Strategic Section Head Supervisor. No es que vaya a hacerlo, pero lo tengo en mente. ¿Qué le parece? Ande, firme este papelajo mientras hablamos. Recibí con satisfacción y reverencias este inesperado anuncio, aunque no quise hacerme demasiadas ilusiones puesto que no era la primera vez que don Agamenón me hacía partícipe, coincidiendo siempre con rebajas de salario o aumento de horas extras, de tan halagüeñas perspectivas sin que finalmente llegaran a concretarse. Por otra parte, yo no podría haber afrontado una decisión tan importante sin haberlo consultado previamente con mi Asesor de Carrera Profesional o ACP, con mi Consultor para Negociaciones y Acuerdos o CNA y, por supuesto, con mi Terapeuta de Realización y Desarrollo Personal o TRDP. A la vista de lo cual, me limité a interesarme con cautela acerca de las características de mi potencial nuevo puesto, así como por las mejoras retributivas que, suponía yo, me ayudarían a pagar más rápidamente mi nuevo chalé. --¿Y puedo saber --me atreví a preguntar después de firmar el documento de aceptación voluntaria del nuevo recorte salarial-- cuáles serían las contraprestaciones del nuevo puesto? --Las mismas de las que ya goza, maldito comunista --me contestó don Agamenón, que se levantó como un resorte para llevarme del brazo hasta la puerta de su despacho--. ¿Cree que se merece más? El ascenso le permitiría trabajar más horas, explotar a los que ahora son sus compañeros, y reportarme mayores beneficios a mí. ¿No son estos acicates suficientes? Piénselo y dígame algo. O mejor: no me diga nada. Y sin ni siquiera darme cuenta, me encontré al otro lado de una puerta cerrada y bajo la atenta y acusadora mirada de mis compañeros. Ellos no entendían la deuda de gratitud que yo mantenía con don Agamenón desde que él me hubiera ofrecido una oportunidad en el momento en que mi vida ya comenzaba a precipitarse por los abismos del desempleo y la insolvencia. Porque después del juicio había sucedido lo que siempre sucede: un par de rectificaciones en horario intempestivo, una terapia pagada en Calumniados Anónimos, y si te he visto no me acuerdo. Digo esto como una frase hecha, claro está, porque el problema era justamente el contrario: durante varios meses todo el mundo me había visto tanto en la tele que seguía acordándose de mí, o, mejor dicho, de aquel primer plano mío con cara de babeante esquizofrénico que La Verdad TV había sacado de la obra de fin de curso en la que yo había participado casi treinta años antes, interpretando magistralmente a Cuasimodo, y que se hinchó a poner a todas horas sin aclarar su procedencia. Durante el juicio se descubrió que el vídeo lo había proporcionado un antiguo compañero de colegio, al que no veía desde el día de la obra, a cambio de mil dólares y una entrada para la final de la Copa. Pero eso ya poco importaba. No me refiero a la final de la Copa, que también, sino a todo lo que se descubrió durante el juicio. Todo daba igual porque Javichu Depy, cual moderno alquimista, ya había conseguido transformar cada uno de mis deméritos personales, y aun alguno de mis méritos, en un punto adicional de audiencia para sus programas. Pero ahora todo aquello pertenecía a mi pasado más remoto puesto que, gracias a la generosidad de don Agamenón al ofrecerme un empleo, había conseguido recuperar los dos atributos básicos que caracterizan a todo ciudadano honrado, a saber, una nómina mensual que me ofrecía cierta libertad, y una hipoteca a tipo variable que evitaba que pudiera hacer un uso excesivo de aquélla. De esta manera gozaba yo de la mejor protección a la que un individuo puede aspirar. En perfecta comunión, mi empresa y el banco velaban para que mi vida fuera una balsa de aceite, y si alguna inesperada circunstancia amenazaba con aumentar mi grado de independencia, y por lo tanto de incertidumbre, enseguida la una me reducía el sueldo o el otro se ofrecía para aumentar mi endeudamiento. Como resultado de esto último, y aunque vivía aún en el piso de alquiler del Common Interest Development intermedio, también llamado CID intermedio, al que tuve que mudarme después del escándalo, había podido comprarme unos meses antes un recoleto chalé en construcción en un CID residencial. En un principio se había construido para ciudadanos pertenecientes al colectivo de madres homosexuales pero, tras quebrar la constructora y disminuir la calidad de los materiales, la urbanización se destinó a profesores de instituto y, por fin, después de varias suspensiones de pagos de la empresa inmobiliaria, se le puso una techumbre de paja y terminó por ser inscrito como un CID para trabajadores ajenos por cuenta propia con un nivel mínimo de ingresos que yo, todo sea dicho, superaba por los pelos. Sea como fuere, y a base de trabajo y paciencia, el caso era que me estaba reintegrando por fin a la escalera social, si bien en aquellos momentos me encontraba subido a uno de sus peldaños más bajos. No diré que esto me enorgullecía, pero debo confesar que tampoco me sentía humillado: en cierto modo, aceptaba todo aquello como un razonable castigo a mi injustificada ambición, y me veía a mí mismo como un caso ejemplarizante para nuestra alocada juventud. En ocasiones fantaseaba con esa idea, y me imaginaba asomado a la ventana de mi despacho contemplando a los muchachos y muchachas que caminaban por la Gran Vía mientras, en un susurro sólo perceptible por ellos, yo les aconsejaba: no confundáis la libertad con el libertinaje. Y ellos me miraban a través del cristal y asentían agradecidos. Esta fantasía era, por supuesto, imposible de materializar por el doble motivo de que mi lugar de trabajo carecía por completo de ventanas, ventanillas o ventanucos, y porque cualquier joven que, a pesar de ello, hubiera podido escuchar mi consejo habría respondido probablemente con algún gesto obsceno, si no con una agresión verbal. Pero toda esta idílica situación que acabo de describir y que tanto tiempo, esfuerzo y risas falsas había invertido en alcanzar estaba, sin que yo pudiera ni saberlo ni preverlo ni siquiera imaginarlo, a punto de desmoronarse. Y si algo puedo decir en mi descargo es que, en esta ocasión, yo hice todo lo posible por evitarlo. De hecho, el único acto que realicé de forma voluntaria, y que en cierto modo desencadenó el pandemónium posterior, fue aceptar aquella misteriosa misiva que la portera me entregó al llegar a casa y que, ponderando todo lo sucedido después, afirmo ahora que habría sido mejor empleada como envoltorio de mi bocadillo de Nocilla, marca registrada de Eternal Life Inc. ----------------------------------------------------------- CAPÍTULO 10 Después de la charla con don Agamenón, la mañana había transcurrido con una tranquilidad que habría empalagado a un dominico, y sólo los dos clientes con cita programada habían quebrado aquella monotonía. Fueron, sin embargo, dos casos rápidos. Apenas empleé media hora en transcribir para su escamada esposa los recuerdos de un marido sospechoso de adulterio, con resultados satisfactorios, es decir, el marido había resultado ser inocente, y no hube de dedicar más de otros veinte minutos a rescatar los recuerdos infantiles de un individuo cuya homosexualidad estaba siendo cuestionada en su CID gay y que, para disipar cualquier duda ante su consejo vecinal, pretendía demostrar que ya en el colegio acariciaba pensamientos lascivos cada vez que afilaba un lápiz. El resto del tiempo lo empleé, como de costumbre, en redactar informes sobre mi rendimiento y en leer con devoción los memoranda que don Agamenón nos enviaba, y en los que incluía agudas reflexiones extraídas de la colección "Zen and the art of slavery", cuyos volúmenes coleccionaba. También aproveché para emitir mi voto en la consulta diaria del Plan de Participación Ciudadana en la Democracia, o PPCD, que en aquella ocasión preguntaba a los administrados adónde debería destinarse una partida de cincuenta millones de dólares del Ministerio de Cine y Otras Artes, para la que se proponían tres alternativas: coproducir la nueva película de Tulius Grim, tapar las goteras del Museo del Prado, o financiar una investigación sobre la obra de Heráclito, cosa que me llamó la atención puesto que no sabía yo que la fabricación de barajas se incluyera entre las responsabilidades del ministerio. A ratos, el irreverente Foom se asomaba a la puerta de mi cochiquera y me contaba sus planes para el fin de semana. Esto podría haber sido interpretado como un entrañable gesto de camaradería por quien desconociera que, un par de años antes y tan pronto como supo que yo me había divorciado, y dedujo por tanto que mi ex mujer estaría cobrando una suculenta pensión, Foom se había apresurado a sonsacarme información con objeto de conocer los locales que frecuentaba mi ex cónyuge, sus gustos y manías, sus deseos y aspiraciones, su actor favorito, su presentador predilecto, y, en fin, todo lo necesario para que al cabo de pocos meses mi ex costilla terminara cayendo rendida en sus brazos. Ahora, Foom vivía en la que había sido mi casa de Soto de Trepas, se acostaba con la que había sido mi mujer, compraba cuadros con el dinero de la pensión que yo pagaba, y para colmo lo habían ascendido tres meses antes y era, por lo tanto, mi jefe directo. En esto estábamos, con Foom describiéndome en detalle las características técnicas de la nueva cama de matrimonio que planeaban comprar el sábado próximo, cuando un rostro desconocido se asomó por encima de uno de los biombos de mi workspace. Diría que era una faz siniestra, si no fuera porque sería del todo inexacto calificar como siniestra aquella cara mofletuda y rechoncha, de la que pendía una luenga barba blanca de textura algodonosa, a juego con la cabellera que a duras penas ocultaba el cráneo. Foom interrumpió su perorata y se estiró los puños de la camisa. --¿Puedo ayudarle en algo? --Desearía realizar una verificación de memoria --dijo el anciano visitante--. Aquí mi hijo ha sufrido un golpe en la cabeza y ahora no nos reconoce ni a mí ni a su difunta madre. --Quizás sea un efecto pasajero --aventuré--. ¿Por qué no espera unos días? --A mi edad --suspiró el vejete--, no se pueden malgastar los días en esperas. Y comprenderán ustedes que, caso de que en su memoria no quede rastro alguno de mi persona, me vería en la obligación de desheredarlo y entregarle toda mi fortuna, pongo por caso, a alguna piadosa meretriz que se aviniera a cumplir mis más depravadas fantasías sexuales durante el poco tiempo que, me temo, permaneceré en este valle de lágrimas. --Se me ha hecho tarde --se excusó Foom, viendo que aquel iba a ser un caso sencillo, rápido y, por lo tanto, barato--. Mi colaborador, a quien llamo así cuando en realidad es mi subordinado, le atenderá con mucho gusto. Así que le dejo en sus manos y, por favor, no coman dentro de las instalaciones. Hice como pude un hueco en mi cubículo e improvisé dos asientos para los visitantes que, en efecto, resultaron ser dos, puesto que tras el venerable anciano no tardó en aparecer un sujeto algo más bajo, mucho más joven, y de idéntico arquetipo capilar, es decir, larga cabellera y poblada barba, quien se quedó contemplando mi receptáculo como si aquella fuera la primera vez que salía de casa. Cierto que los artefactos de los que me sirvo para realizar mis transcripciones no son muy comunes y siempre despiertan cierta curiosidad entre los clientes novatos, pero es que aquel individuo miraba con idéntica estupefacción el lector de sosuros corticales y el vulgar flexo lantánico que iluminaba mi mesa de trabajo. --Me solidarizo con su desgracia, o con usted, no estoy seguro del uso correcto --dije, componiendo un gesto de pésame, y acompañé mis palabras de un sonoro golpe en el pecho que me hizo toser--. Dicho esto, le informo de que la verificación de un recuerdo concreto tiene un precio de 1000 dólares, mientras que si desea una verificación de una sucesión de recuerdos la tarifa asciende a 5000 dólares por cada mes de vida que quiera recuperar. --No creo que el niño recuerde tanto --se emocionó el anciano--. Lo único que hemos conseguido averiguar hasta ahora es que, al parecer, fue víctima de un laúd. --Qué crueldad. ¿Han detenido al músico? --No he dicho laúd, sino alud --me corrigió, y yo no discutí porque el cliente siempre tiene la razón, si paga por ella--. Un alud de nieve. En Sierra Nevada. O eso dice él. Pero lo que yo quiero saber es si recuerda algo de su vida anterior al desdichado suceso, aunque los médicos ya me han advertido de que sufre una amnesia nihilántica pseudovácua, que vaya usted a saber lo que es, y que la recuperación es imposible de no mediar un milagro, en cuya existencia ellos no creen por cuestiones religiosas. En fin, los médicos lo dicen y yo me lo creo. Si todos procediéramos así, nos ahorraríamos muchos disgustos y otros tantos juicios por negligencia. Pero no divaguemos más: voy con prisa --y al decir esto miró en derredor suyo como si la prisa fuera un ser material y lo estuviera persiguiendo--. Lea usted algunos recuerdos al azar, digamos diez. Si yo no aparezco en ninguno de ellos, esta misma noche me agencio una mulata. Me froté las manos por debajo de la mesa y rogué para que don Agamenón no se hubiera marchado todavía a casa, y pudiera así contemplarme trabajando fuera de horas y recaudando diez mil dólares, a los que él podría dar el destino que su buen juicio le dictara. Quizás se decidiera a ponerle respaldo a mi silla, quién sabe. Di por concluida la cháchara y senté al joven en el taburete de trabajo mientras él proseguía contemplando en actitud extática el comunicador personal de mi oreja, o el anillo proyector, o incluso mis austeros zapatos de rutherfodio. La lectura mnemónica resultó, como había pronosticado el beatífico longevo, un caos. Verifiqué el accidente con la avalancha de nieve, que aparentemente había sepultado al paciente hasta que perdió el conocimiento, y rescaté acto seguido los diez primeros recuerdos que encontré anteriores a ese instante. En general eran situaciones estrambóticas que vinieron a confirmar la anarquía sindicalista que gobernaba su mente, y en la que sus neuronas se conectaban dentro de una orgía de sinapsis y mielina adulterada. A pesar del galimatías, existía un cierto hilo conductor que enhebraba todas las escenas: sus recuerdos incluían siempre la visión más o menos nítida de diversas partes de la anatomía femenina. El sujeto pellizcando una nalga, el sujeto columbrando la puntilla de un sujetador, el sujeto evaluando la firmeza de un muslo, el sujeto hipnotizado por el bamboleante ir y venir de unos pechos... Y todo ello mezclado con elementos oníricos o extraídos de películas antiguas, como televisores de plasma, automóviles de gasolina e incluso un perro suelto. Eso por no hablar de algunas actividades que entrarían de lleno en el terreno de lo delictivo: el sujeto con una botella de vino, el sujeto fumándose una tagarnina, el sujeto comiendo chorizo, el sujeto friendo un huevo. --Lamento comunicarle que su hijo no recuerda nada coherente --concluí, una vez terminado el examen--. Y es una pena porque, a juzgar por los retazos de memoria que he transcrito, se ve que la criatura era una joya. --¿No aparece nada medianamente reconocible? --insistió el anciano con más nervios que pena--. Ya no digo yo, que a fin de cuentas sólo soy su padre, pero ¿no ha podido usted vislumbrar algún actor famoso, quizás un cantante popular, qué menos que cualquiera de nuestros incorruptibles periodistas? --Lo siento. --¿Un futbolista? --Nada. El vejete se tomó una breve pausa para lanzar un suspiro. --Qué le vamos a hacer --se lamentó sin mucha convicción--. Contra mi voluntad, me entregaré a partir de hoy al vicio y la depravación hasta donde me lo permita mi desahogada cuenta corriente. Es un trabajo sucio, pero alguien tiene que hacerlo. No le entretengo más. Y casi arrancando al jovenzuelo de las sondas y conexiones que todavía recubrían su cabeza, dejó unos billetes sobre la mesa y salió apresuradamente de mi productivity box. Antes de que lo hiciera, y todavía obnubilado por la contemplación del dinero, conseguí deslizar en los bolsillos de los dos visitantes sendas tarjetas de visita de cartulina, lo que esperé que interpretaran como un signo de elegancia y de gusto por lo tradicional. --Siempre a su servicio, día y noche. Si lo desea --pude añadir, casi gritando, antes de que la pareja desapareciera por la puerta del edificio--, puede pasar a recoger la traducción a partir de mañana. ¿Formato binario o cuántico? Pero lo único que recibí como respuesta a mi amable interés fue el silencio más absoluto, si descontamos el bufido de las tomas de aire, el ronroneo de los bancos de datos, la chicharra de las sondas antiácaros, el traqueteo de los ascensores, y el trasiego de cubos y fregonas que las señoras de la limpieza habían desplegado por los pasillos, puesto que ya se había cumplido nuestra hora de salida, la cual, por providencia de don Agamenón, coincidía con la de entrada de aquéllas. Regresé, pues, a mi cajuela y me dispuse a dejar que transcurrieran algunos minutos más para demostrar mi compromiso con la empresa. Era éste una suerte de pacto tácito que observábamos con rigor todos los empleados, algunos de nuestros jefes, y ninguno de los directivos, y que nos obligaba a salir del edificio siguiendo una complicada secuencia de pasos adelante, detenciones, y carreras, que todos debíamos memorizar desde el primer día con el fin de evitar que las torres de protección ciudadana detectaran nuestra presencia y registraran nuestra hora real de salida, lo que situaría a don Agamenón en un intolerable compromiso ante las autoridades laborales que podrían deducir que nuestro líder nos obligaba a hacer horas extras no remuneradas cuando, en realidad, nuestra prolongada permanencia en la empresa era voluntaria, y sólo se veía incentivada, si así puede llamarse a este simbólico gesto, por la promesa de don Agamenón de no despedir al día siguiente a todo aquel que hubiera trabajado al menos dos horas gratis. Cumplido el trámite, y tras abandonar el edificio junto a mis compañeros mediante el complejo ritual ya mencionado, me comuniqué como todos los días con mi Diseñador de Estados Físicos Óptimos o DEFP para que me indicara cómo debía regresar a casa. Dado que el día anterior me había permitido utilizar el autobús, en esta ocasión me recordó una vez más los resultados de una reciente investigación que demostraba los prodigiosos efectos sobre el páncreas provocados por la práctica de la carrera a la pata coja, siempre que fuera sobre la pierna izquierda, ya que de hacerlo sobre la pierna derecha se aumentaba el riesgo de padecer piedras en el riñón. Así que me recogí la corbata, fruncí el vuelo del pantalón, y me dispuse a mejorar mi salud empleando el carril pata-coja que el ayuntamiento, siempre pendiente del bienestar de los ciudadanos, ya había dispuesto desde hacía unos meses en las principales calles de la ciudad. Mientras me desplazaba sobre él, prácticamente solo, reflexioné sobre el paralelismo que existe entre la libertad sin precedentes que nos ofrece nuestra sociedad postneosupraliberal y las vías públicas, en las que la calzada se encuentra dividida en múltiples carriles que permiten a los ciudadanos elegir aquel que mejor se adapte a sus deseos. Así, tenemos carril bici, carril bus, carril patinete, carril reptante, carril salto de la rana, carril trote, y, ahora también, carril pata-coja. Todos ellos, además, disponen de mucho más espacio del que demandamos los, por otra parte, escasos ciudadanos que creemos firmemente en las ventajas de dichos medios de transporte. Porque, para desesperación de nuestros regidores y sorpresa de los psicólogos, y a pesar de las variadas opciones que el gobierno pone a nuestra disposición para facilitar nuestros desplazamientos y mejorar nuestra salud, siempre es el carril coche el que se encuentra abarrotado, y eso que con el tiempo su anchura se ha ido recortando hasta obligar a los fabricantes a diseñar automóviles en forma de macarrón. Sea como fuere, y vigorizado por el ejercicio, aunque también empapado en sudor y polen puesto que el verano arreciaba, llegué saltando primero a mi CID, después a mi calle, y finalmente a mi portal. Y fue en ese preciso instante, pienso ahora en retrospectiva, cuando todo empezó. ----------------------------------------------------------- CAPÍTULO 11 Apenas había atravesado el zaguán cuando escuché un alarido cuya procedencia no pude identificar de inmediato, puesto que el contraste entre la luz de la calle y la penumbra del interior me había dejado momentáneamente cegado. --¿Quién anda ahí? --grité aturdido--. ¡No me hagan daño! ¡Yo también creo que el reparto de la riqueza es completamente injusto! --Acaban de traer esta carta para usted, señorito. Quien hablaba con tan peculiar retintín era, por supuesto, la portera, que tras haberme lanzado primero un grito había salido después de su garita para obstaculizarme el paso hacia el ascensor. A medida que mis ojos se acostumbraban a la semioscuridad, pude distinguir mejor a la señora Domitila, y observé que llevaba en la mano un misterioso papel al que se aferraba como si hubiera sido víctima de una descarga eléctrica. --Gracias, señora Domitila --contesté--. ¿Acaso está estropeado el buzón? --No ha llegado por los conductos ordinarios, si se me permite la expresión. Me la ha entregado un tipo que, por cierto, y salvadas las distancias, se daba un aire al último ganador de "Un hígado para el mejor" a quien, según dicen algunos rumores de los que se han hecho eco en el telediario de hoy, se le relaciona con la famosa actriz y no menos contrastada pelandusca Natalia Nodd, la cual, por si usted no lo sabe, está de visita en nuestro país y ha exigido que le sea servida fruta fresca diez veces al día. --Fascinante. ¿Me permite? --pregunté, dando por terminada la conversación e intentando abrirme paso hacia el ascensor. --¿No le parece sospechoso? --me interpeló la portera, desplazándose al mismo tiempo hacia la pared e interrumpiendo con su chinela de conejo mi ágil movimiento anterior. --¿Qué debe parecerme sospechoso? --Que alguien quiera escribirle a usted, y que además prescinda del eficaz servicio público de correos, si se me permite la expresión. --Si no recibo correspondencia habitualmente --me apresuré a responder, y de inmediato me sentí como un imbécil por tratar de justificarme con una subalterna-- es porque todos mis conocidos se comunican conmigo a través del comunicador personal. --¿Y si le dijera que la llegada de la carta coincidió con una misteriosa avería en la torre de protección ciudadana, vulgo piruleta, de la calle? --¿Y usted cómo sabe que la torre se averió? --Porque, cumpliendo con mi deber de portera, he llamado a la policía en cuanto ese individuo se marchó, por si nuestras fuerzas de seguridad pudieran considerar oportuno hacerle un seguimiento e inclusive detenerlo. Pero al intentar identificar su adeene, el agente que me atendía se encontró con que la torre no respondía a sus órdenes, y eso que, según pude averiguar durante nuestra conversación, no era un agente pelado, si se me permite la expresión, sino que llevaba cinco años de cabo y se había presentado ya dos veces al examen de teniente, no habiendo podido aprobarlo debido a problemas familiares que distrajeron su atención durante las semanas previas a la prueba, y que al parecer estaban relacionados con un cuñado melenudo que se empeña en haraganear y que mantiene a su mujer en un sinvivir. A los pocos minutos ya funcionaba. --¿El cuñado melenudo? --No, la torre de identificación. Pero yo ya había perdido de vista al tipo que trajo la carta, y no pude darle ninguna referencia al agente cabo para que lo localizara. La llegada del ascensor fue mi salvación. El ruido distrajo a la portera, que se giró presta de modo que, al hacerlo, descuidó su flanco derecho. Salió de la cabina el vecino del tercero izquierda, y dado que éste se había mudado recientemente y era un tipo algo siniestro que rara vez salía o entraba, y que ambos hechos impedían a la portera cumplir con los deberes que juró al abrazar su profesión, a saber, criticar a los vecinos y cotillear como un loro, la señora Domitila tuvo un momento de duda que yo me apresuré a aprovechar antes de que reaccionara. En un movimiento que integró el todo con las partes, me escurrí por el hueco, le arrebaté la carta que todavía protegía con su espalda, saludé al vecino del tercero izquierda, y me deslicé en el interior del ascensor antes de que la puerta se volviera a cerrar. Pulsé el botón apresuradamente para no dar tiempo a un posible contragolpe de la portera y, sintiéndome a salvo cuando la cabina comenzó a elevarse, examiné el sobre blanco y bastante arrugado en el que, por lo demás, no había ninguna otra seña que mi propio nombre y dirección. Quizás imbuido del misterio que la señora Domitila había querido ver en todo aquel asunto, tuve que admitir que en verdad resultaba sospechoso el hecho de que aquellos datos estuvieran escritos a mano, como todavía era costumbre en otros siglos, y también en el nuestro entre aquellos proscritos que no desean ser reconocidos por el código personal que las impresoras micrograban en cada letra. Cuanto más lo pensaba, más me convencía de que la operación, en general, resultaba de lo más irregular: un sobre escrito a mano, sin señas del remitente y entregado por un individuo que no se identifica y que tampoco deja dirección alguna a la que dirigirse si, como bien pudiera haber ocurrido, el destinatario, o sea yo mismo, hubiera rechazado el envío. Y, por si todo eso fuera poco, la torre de protección ciudadana, conocida como piruleta por su increíble parecido con dicha golosina, había dejado de funcionar en los momentos inmediatamente anteriores y posteriores al incidente, de modo que el sujeto no había podido quedar registrado en ninguna de las lecturas de adeenes. Mientras reflexionaba sobre todos estos hechos se me ocurrió que quizás, y debido al asaeteo al que me había sometido la portera, me había concentrado demasiado en arrebatarle la carta sin considerar siquiera si me convenía hacerlo. ¿Y si fuera algo ilegal? Aunque, por otra parte, ¿qué podría haber en un pequeño sobre que resultara en sí mismo ilegal? ¡Drogas, imbécil! ¿Drogas? ¡Sí, drogas! ¡Marihuana, cocaína, unas hebras de Fortuna, una mouillette impregnada de Ron Pujol! ¿Y quién querría obsequiarme con drogas a mí, si mi único y mínimo vicio consistía en permitirme de vez en cuando una Cokepepsi, marca registrada de Eternal Life Inc.? ¡Pues alguien que quisiera tenderte una trampa, papanatas! Muy bien, pero ¿quién? Ya habían pasado los tiempos en los que yo era un triunfador y concitaba las envidias de todos los desarrapados del planeta. Si alguien hubiera querido acabar con mi reputación no habría necesitado montar todo ese numerito porque, como ya queda explicado, mi camino de regreso a la sociedad sólo acababa de comenzar, y en aquellos momentos era difícil hundirme mucho más de lo que ya estaba. Al sudor acumulado por los miles de saltos que había tenido que dar durante mi regreso a casa, se unían ahora los efluvios provocados por la tensión y el pánico. Mi aroma corporal empezaba a resultar desagradable incluso para mí mismo, que era su propietario. Dispuesto a cortar el flujo de líquidos orgánicos, aunque todavía atenazado por los nervios, iba ya a rasgar el continente de tan extraño mensaje para proceder a leer su contenido y salir de dudas, cuando el ascensor se detuvo en mi rellano. Abrí la puerta y, como sospechaba, me encontré de nuevo a la portera, que no sólo había subido los cuatro pisos con una velocidad impropia de su edad, sino que lo había hecho cargada con un cubo y el mocho que ahora fingía utilizar para fregar las baldosas que me separaban de la puerta de mi casa, y que no habían visto el agua durante los últimos cinco años. --Así que --me dijo sin levantar la vista del terrazo--, ¿era algo importante? --No lo sé --contesté pisando sin miramientos el tramo fregado y, más que húmedo, pringoso por la mezcla del líquido con la costra que comenzaba a disolverse en él--. Todavía no la he abierto. --¿No esperaba ninguna carta, entonces? --No, no esperaba ninguna carta. Pero eso no quiere decir que haya de ser por fuerza algo turbio o irregular. Mucha gente utiliza cartas de papel, y todavía hay quien escribe a mano. Existen personas a las que les gusta mantener tradiciones de otros tiempos. --Sí, se les llama delincuentes. --No, señora Domitila, se les llama nostálgicos o también horteras. Y ahora, si me permite, me gustaría entrar en mi casa. La portera se llevó el dorso de la mano a la frente en actitud extática. --Si es que no la dejan trabajar a una. Pues sepa usted que... --¡Por favor! --atajé por fin con energía, pues aprendí por parte de madre que al servicio hay que tratarlo con firmeza--. He tenido un día muy fatigoso. Continuaremos esta interesante charla en otra ocasión, si no le importa. Y dicho esto, abrí la puerta de mi casa y me metí en ella sin ni siquiera darme la vuelta. Lo que me encontré en el interior de mi morada, y que no fue otra cosa que los muebles y enseres que me encuentro todos los días cuando abro la puerta, apenas merece reseña alguna. Vivo, como ya habrá quedado claro por la falta de respeto con la que se comporta el personal de intendencia, en uno de los llamados CID intermedios. Es cierto que gracias al fallo absolutorio del juez Pera habría podido, teóricamente hablando, claro está, regresar a mi casa en el CID del Barrio de Salamanca, junto a las familias que en su día me sonreían cuando coincidíamos en la panadería, y bajo la protección de los onerosos policías privados que me saludaban apoyando los dedos sobre las viseras de sus incólumes gorras negras. Pero, ¿qué autoridad puede tener el fallo de un juez frente a catorce tertulianos capitaneados por Javichu Depy? La realidad es que uno no puede vivir en un barrio que está por encima de su Registro de Adeene Personal, o RAP. Yo quise intentarlo, y, dado que tras el divorcio mi mujer se había quedado con el chalé del CID de Soto de Trepas, cuando el juicio concluyó regresé a la casa que poseíamos en Lagasca. Pero desde que me instalé en ella no faltó un día en el que alguno de aquellos inoxidables policías me detuviera por la calle para pedirme mi identificación mientras me apuntaba con su lector de RAP portátil. ¿RAP, por favor?, me decían mirándome a los ojos sin pestañear, como si nunca antes nos hubiéramos visto. Y yo recitaba la letanía, consciente de que no era aquello lo que en realidad buscaban. --04-D65-726-361, also known as... Y el policía me lanzaba una mirada de desprecio y me decía: ahórrese el AKA, que tengo otras cosas que hacer, o qué se cree, venga, puede usted continuar, vamos, circule, no me hagan grupos, aquí no hay nada que ver, vamos, que le meto un paquete que no veas, etcétera, etcétera. Para quien no haya pasado por este desagradable trance quizás resulte difícil de entender, pero cuando uno viene de estar, por así decirlo, en el Everest de la sociedad, cuesta mucho soportar el trato despectivo de los vecinos, el acoso permanente de las fuerzas del orden y, por qué no decirlo, las patadas en las espinillas de los niños. Por eso me apresuré a vender, o a malvender, mejor dicho, mi lujoso dúplex y me mudé a un CID intermedio, donde nadie pregunta a nadie, salvo las porteras, claro está, que para eso son porteras, y donde nadie te propina patadas en las espinillas porque, por supuesto, las familias con niños no viven en los CID intermedios. Sea como fuere, el caso es que me encontraba por fin dentro de mi casa, dispuesto a abrir de una vez por todas el maldito sobre para rascar así la curiosidad que la portera había espolvoreado sobre mi psique y que no me dejaba ya pensar en otra cosa. También, todo sea dicho, quería dejar de sudar. Así que me encaminaba ya hacia el salón mientras metía el dedo por uno de los dobleces, cuando el videoguol se encendió y la femenina voz del contestador me saludó a través del sistema dodecafónico Sanders, marca registrada de N'Joy Corporation, que en su día me había regalado el Director Adjunto de Artes Menores como muestra de su agradecimiento por mi contribución a la Literatura, y también como prueba de su capacidad de soborno, pues no mucho tiempo después de ofrecerme aquel agasajo me vi obligado a escribir un soneto para la boda de su sobrino. --¡N'Joy! --dijo, como siempre, el aparato al encenderse. Y después añadió--: ¡Regocíjese, no más! --¿Por qué me hablas en mexicano? --le pregunté, intrigado por aquel nuevo acento. --No lo sé, cuate. ¿Reconduzco a otro ajuste? --Español. --¿Burgalés? --Últimamente te desajustas mucho, tú. --Avisaría al servicio técnico, pero este mes tu peculio no permite alegrías --me recordó el aparato. --La casa nueva: he tenido que pagar por adelantado al lampista y al carpintero. Ya te arreglarás el mes que viene. ¿Algún mensaje? La sensual dicción del contestador tosió para aclararse la voz y después me informó de que tenía un requerimiento urgente de comunicación firmado por mi ex amada ex mujer. El requerimiento estaba acompañado de un brevísimo texto que decía: vas a acabar con mi salud. Dejé, pues, la carta para mejor ocasión, puesto que por muy fiera que pudiera ser la amenaza oculta en el interior de aquel misterioso sobre, nunca podría ser más temible que una nueva demanda por parte de mi ex adorado ex cónyuge. Llamé. Mi ex media naranja apareció en la pantalla a la orilla de la piscina de nuestra ex casa, o ex nuestra casa, mejor dicho, de Soto de Trepas. No se veía a Foom por allí. Ponderé la posibilidad de que hubiera elegido a posta esa ubicación para poner de manifiesto, por contraste, mi descenso social, y situarme así desde el comienzo de nuestra conversación en una posición de desventaja psicológica. Me puse a la defensiva, pero sin demostrarlo, como siempre me aconsejaba mi Experto de Apoyo en Conflictos o EAC, pues ello habría implicado aceptar mi supuesta inferioridad ante ella, lo que me habría sumido en una nueva y doble inferioridad. Me ubiqué, pues, junto al mueble-bar, calculando que en ese encuadre ella recibiría la mejor imagen posible de mi modesta residencia, y fingí estar la mar de bien sirviéndome un zumo de champiñones. --¿Querías hablar conmigo, querida? --dije, empleando el mismo tono que Tulius Grim utiliza cuando interpreta papeles de fiscal de distrito y pretende dar confianza al acusado. Observé entonces en la imagen que la barbilla de mi ex alma gemela comenzaba a temblar frenéticamente, cosa que atribuí primero a algún efecto secundario de su última y todavía reciente operación de cirugía estética, y después a su verdadera causa: un compungido estado de ánimo. En efecto, apenas abrió la boca para intentar hablar, dos lagrimones se deslizaron sobre su recién estrenado cutis de polietilihidroxicarbonato y, tras surcarlo de norte a sur, se precipitaron sobre el suelo de mármol que nos había instalado su cuñado por el doble del precio que habría cobrado un albañil neutral. --¡Oh, Dios mío! --dijo por fin, echándose a llorar--. ¿Qué he hecho yo para merecer esto? --¿Ocurre algo, darling? --pregunté para contemporizar, pues su reacción me había dejado fuera de juego. --¡La niña! ¡Es la niña! --¿Qué le pasa a la niña? --¡La niña se ha fugado! --¿Otra vez? ¿Se ha fugado de casa? --¡Pues claro, imbécil! ¡De casa! ¡De esta casa! --Y añadió, con soterrada saña--: ¡De mi casa! Mi ex desposada me informó entonces de que, al regresar aquella tarde a su hogar, antes nuestro hogar, se había encontrado con una extraña quietud que la había puesto en alerta. En pleno verano como estábamos, era frecuente que la niña invitara por las tardes a algunas de sus amistades, por lo demás tan ociosas como ella misma, a compartir las instalaciones recreativas del jardín cuya construcción había financiado yo en su día. Su madre, mi ex mujer, quiso pensar en un primer momento que quizás la niña había decidido dedicar aquella tarde al estudio y la meditación, e incluso se aventuró a imaginarla vestida con el bonito uniforme de graduación, y quiso creer que pronto el título universitario estaría colgado por fin en el saloncito de verano, para envidia cochina de todas las vecinas cuyos hijos todavía andaban por sexto o séptimo de carrera, lo que quería decir que tendrían que esperar corroídas por la pelusa al menos cinco o seis largos años para poder decorar sus saloncitos con idéntico papelajo. --Cariño --me atreví a decirle llegados a este punto--, estás divagando. --Mira quién habla. Pero vamos a lo que vamos. El caso es que tan halagüeños pensamientos la tuvieron entretenida durante bastantes minutos, los que de hecho empleó en recorrer la casa y comprobar tras la inspección de todas las habitaciones que la niña no estaba tampoco en el interior del chalé. Algo alarmada ya, pensó en llamar a algunos de los padres de sus amiguitos, por si se le había olvidado que aquella tarde se celebraba algún cumpleaños, comunión o bautizo. Y fue entonces, al acercarse al videoguol, cuando éste detectó su presencia y le hizo saber que tenía un mensaje personal y privado, si es que existe alguna diferencia entre ambos términos. Estupefacta, escuchó la voz de nuestra hija comunicándole que abandonaba el hogar materno. La razón, aunque indeterminada, parecía estar relacionada esta vez con un individuo que respondía al nombre de Johnny y que, a decir de la niña, tocaba unas baladas a la guitarra que, textualmente, hacían que se te cayeran las bragas al suelo. Terminaba el mensaje con un suspiro y una llamada al amor universal, a la paz, y a una reducción de los tipos de interés interbancarios que permitiera a los jóvenes acceder a una vivienda donde consumar su amor sin necesidad de protagonizar ridículas fugas. --¿Qué vamos a hacer? --concluyó, por fin, mi ex costilla echándose de nuevo a llorar, y enjugándose las lágrimas con un carísimo pañuelo de Franco Tancretti, marca registrada de N'Joy Corporation. Pasé por alto el arrebato de mi ex pareja y esperé a que cesaran sus sollozos antes de hablar. Cierto era que, al parecer, en esta ocasión la fuga estaba durando más tiempo del habitual. En el pasado, muchas veces la niña había regresado a casa antes incluso de que su madre, o yo mismo en su día, hubiéramos podido ver el mensaje de despedida en el videoguol. Pero, con todo y eso, la situación no semejaba tal que mi astucia y templanza no pudieran afrontarla con muchas posibilidades de éxito. --Creo que en este caso podemos dejar las reflexiones a un lado y pasar directamente a la acción --aseveré, todavía de pie junto al mueble-bar aunque de buena gana me habría sentado en el sofá hacía rato si no fuera porque todavía no había limpiado la mancha del yogur que se me había caído dos días antes, y no deseaba yo que tan ignominiosa cochambre se proyectara en el videoguol de mi ex cuchicuchi para regocijo suyo--. Las torres de protección ciudadana registrarán su adeene y, por lo tanto, su posición. ¿Has llamado a la policía para que procedan a ejecutar dicho plan? --¡Claro que he llamado! --me espetó mi ex cosita, mutando su aspecto afligido en otro más, cómo decirlo, apocalíptico--. Se han limitado a tomar nota de su adeene y a añadirlo a la lista de personas desaparecidas y vehículos robados. Técnicamente ya es mayor de edad, aunque sólo haga unos meses que cumplió los treinta y cinco. Estoy segura de que si se tratara de alguien importante --añadió, subrayando esta última palabra y pulverizando con la saliva de la "p" el resto de las sílabas-- removerían Roma con La Coruña. La niña ya estaría en casa si fuera la hija de un prócer, un periodista o un cantante melódico o un concursante de televisión, pongo por caso, pero siendo como es la hija de un prófugo, ahora su adeene comparte espacio foliar con la matrícula de un Volgswagen Escarabajo --y volvió a entregarse al llanto. --Yocasta --la apelé--, no soy un prófugo, y estoy harto de que me trates como a un delincuente. El juez Pera... --¡El juez Pera es un mindundi, como todos los jueces! Más te valdría haberte tomado unas Cokepepsis con Javichu Depy, haberle peloteado un poco como hace todo el mundo, y pelillos a la mar. No nos veríamos ahora en estos barros, que provienen de aquellos fangos. ¿O era de aquellos lodos? De una cochinada, en cualquier caso. Me apoyé en la barra del mueble-bar para evitar que se me durmiera la pierna izquierda, y reconduje la conversación. --¿Has hablado con alguno de los amigos de la niña? ¿Alguien sabe quién es el tal Johnny y adónde pueden haber ido? --Será uno de esos adolescentes melancólicos que recitan a poetas antiguos, como... como... --y encogiéndose de hombros prosiguió--: Bueno, poetas de esos que dicen "cuando me vaya de viaje, tú serás todo mi equipaje". Y toca la guitarra. --Sweetheart, me temo que estamos ante un simple caso de estupidez juvenil, valga la redundancia. A fin de cuentas, tú lo has dicho, la niña sólo tiene treinta y cinco años. ¡Pero si sólo está en cuarto de postgrado! Todavía le falta el master, el executive internship, y el professional qualification program. Criaturita... Volverá en cuanto pase una noche sin su patito de goma. --¿De verdad piensas eso? --me preguntó mi ex partenaire, con la irresistible ingenuidad que transmite cuando habla hipando, y mientras retorcía nerviosamente unas petunias que había arrancado del arriate que con tanto cariño había construido yo durante los fines de semana. --Claro, churri darling. Y si no vuelve por el pato de goma, volverá cuando compruebe que no dispone de fondos, puesto que voy a proceder a cancelar su línea de crédito ipso facto. Lo de ipso facto es un decir, claro está, puesto que los bancos sólo abren de diez a once y por lo tanto tendré que esperar a mañana para dar las oportunas instrucciones. Es más, daré orden también para que me informen de cualquier intento de utilización de su cuenta personal. --Y para terminar de reconfortar a mi ex terrón de azúcar, añadí--: A ver si el guitarrista poeta puede mantenerla más de veinticuatro horas. No te preocupes. Yo me encargo. Continué intentando tranquilizarla durante unos minutos más y, tras recomendarle que se tomara algunas cajas de Stressless, marca registrada de Eternal Life Inc., me despedí de ella con un sonoro ósculo. A fuer de ser sincero, he de reconocer que ni yo mismo me creía todo lo que le había dicho. La lógica era la que articulaba mis palabras, pero en mi interior no podía evitar aventurar las más negras perspectivas. Todos los días leemos en los periódicos noticias sobre pervertidos que abusan de jovencitas desvalidas, sin importarles que éstas, como era el caso de mi hija, ni siquiera frisen la cuarentena. Esos desalmados seducen a las niñas sin parar mientes en el irreparable daño que causan en el frágil espíritu de una persona todavía en construcción. Sí, he de reconocer que consideré esa posibilidad, pero me tranquilizó el hecho de que mi ex panal de miel hubiera mencionado que el tal Johnny era también un adolescente. No era probable, pues, que su mente estuviera ya contaminada por las perversiones lúbricas que azotan a la segunda e incluso a la tercera edad, por no hablar de los viejos verdes. Dos treintañeros enamorados; dos adolescentes con sus corazones palpitando; dos chiquillos obnubilados por el sedoso velo del amor. ¿Puede existir algo más bello, excepción hecha de las roqueñas nalgas de Natalia Nodd, si así nos ponemos? --Por cierto --apuntó mi ex amorcito cuando yo ya estaba a punto de colgar--, ¿qué narices es ese papel que llevas en la mano todo el rato? ¿Es un pañuelo? ¿Estás resfriado? Lo estás poniendo perdido de zumo de champiñones. --No es nada, my love. Hala, descansa y déjalo todo en mis manos. Te llamaré en cuanto sepa algo, que confío será pronto. La carta estaba ciertamente pringada del espeso líquido. Procuré secarla un poco mientras reflexionaba sobre la sensatez de mi propio plan y me sentaba, por fin, en el sofá. Desde luego, si la policía no estaba dispuesta a esforzarse un poco más, la única alternativa era el banco. Bien es cierto que mi cuenta corriente había conocido épocas más gloriosas, especialmente antes del divorcio, pero todavía estaba lo bastante lustrosa como para que pusieran a un becario a trabajar gratis para mí durante unas horas. A fin de cuentas, para eso están los becarios. En cuanto la niña se viera en auténtica necesidad y quisiera comprar, pongo por caso, el último disco de Los Latinos Divinos, marca registrada de N'Joy Corporation, yo conseguiría saber su localización en menos de un minuto. No era el mejor plan, pero era el único que podía permitirme. Aunque me doliera reconocerlo, tenía que admitir que mi ex consorte llevaba toda la razón: con mis influencias de unos años antes, habría tenido formadas y cuadradas a diez patrullas policiales sin tener que mover más que un par de hilos. Pero, como queda dicho, yo ya me estaba acostumbrando a mi nueva vida gris, aburrida y, por qué no decirlo, un poco cutre. O eso me creía yo. Porque, seamos sinceros: ¿hay alguien capaz de acostumbrarse a eso? En mi caso, me bastó con leer, ya era hora, la famosa carta para darme cuenta de que, en realidad, el deseo de recuperar mi vida anterior no había desaparecido, ni mucho menos, sino que había subsistido larvado en algún rincón de mis meninges, como el bicho de la clásica Alien El Octavo Pasajero, marca registrada de N'Joy Corporation, de modo que, tras la lectura de la mencionada epístola, salió asimismo disparado al igual que el también mencionado alienígena, pero sin dejarlo todo perdido de bilis corrosiva. El mensaje decía lo siguiente. Por motivos equis que no vienen al caso, puedo conseguir que se rehabilite usted no sólo como persona sino también como ser humano, el cual he cargado en su RAP una invitación para el acto, con perdón, que se celebrará esta noche en el hotel Palace, por la visita a nuestro país de la gran actriz Natalia Nodd. Cosa que además está buenísima. Si le interesa, personifíquese allí a las ocho de la tarde de incógnito y en el más estricto anonimato. Y en habiéndole dicho todo lo que tenía que decirle, me despido de usted esperando que se encuentre bien, nosotros bien adiós, gracias. Suyo afectísimo, Capricornio PD: Canapés gratis para los cien primeros. Al concluir la lectura de la carta tuve la estremecedora sensación de que una mano helada me recorría la espalda. Y no era el sudor ya casi reseco que me acartonaba la ropa el que provocaba que me sobrevinieran aquellos repentinos escalofríos: lo que en realidad me dejó petrificado fue la visión que de inmediato se dibujó ante mis ojos tras la lectura de aquella atroz composición lingüística. Se me ofreció sólo un instante, sí, pero después ya no pude quitarme de la cabeza la ilusión de reconquistar mi antigua jerarquía. Durante un segundo me vi de nuevo en mi casa del CID del Barrio de Salamanca, frecuentando las tertulias literarias en Port Aventura, marca registrada de N'Joy Corporation, recibiendo peticiones de los grupos minoritarios más influyentes, e incluso, ¡ay quimera!, aceptando la invitación para convertirme otra vez en persona de raza negra, también llamado afroeuropeo o euroafricano. Desfilaron ante mis ojos los muslos pétreos de aquellas rubias despampanantes que, intentado ganarse mi recomendación ante los directivos de la todopoderosa N'Joy Corporation, acudían a mi encuentro al terminar mis conferencias en la Universidad Internacional Pato Lucas. Sí, es cierto: fui un inconsciente, o peor, fui un miserable vanidoso ávido de rendibúes. Pero he de decir en mi descargo, y no pretendo que ello me excuse puesto que nada debe prevalecer sobre nuestra honestidad como ciudadanos, salvo la honestidad de otros ciudadanos, y lo mismo se aplicaría a éstos para con nosotros, lo que nos conduce a un círculo vicioso, expongo pues en mi descargo que con la fatídica misiva todavía en la mano me dirigí hacia la nevera con la intención de prepararme un piscolabis que me ayudara a meditar sobre todo lo acontecido en el día y que, habiendo abierto la puerta del frigorífico y golpeado el lateral con energía para que se encendiera la bombilla, ésta lanzó sus débiles y macilentos rayos hacia una loncha de mortadela en la que las dos aceitunas engarzadas en ella habían menguado por efecto del tiempo y la temperatura, y que, como consecuencia del golpe, aquéllas, las aceitunas, se precipitaron a través de la rejilla hasta ir a parar a un plato sobre el que descansaba un espárrago ajado por las mismas circunstancias cronotérmicas junto a un plátano dispuesto perpendicularmente a él, a modo de paréntesis horizontal, de manera que al reunirse aceitunas, espárrago y plátano reconocí ante mí, como si se tratara de una pintura rupestre compuesta por una imperita civilización vegetariana, la mueca de una cara sonriente que parecía decirme: acude a la cita, vuelve a tu vida anterior, imbécil, acuérdate de los esféricos pechos de las rubias, rememora las cimbreantes caderas de aquellas mulatas, también llamadas afroeuroamericanas o afroamericoeuropeas o euroamericoafricanas, deja esta porquería de vida que llevas, hombre, que das pena, qué digo pena, das asco, que eres patético, qué digo patético, eres un gusano, un deshecho, so idiota, papanatas, que se avergüenza uno de ser plátano en tu nevera, o aceituna, o espárrago, qué dirían mis amigos de Tudela si me vieran contigo, pusilánime... Y muchas cosas más me habrían dicho mentalmente aquellos vegetales si no fuera porque uno también tiene un límite y, al sobrepasarlo, me abandoné a una magra venganza tirando las aceitunas y el espárrago a la basura, y comiéndome el plátano pues todavía no estaba muy pasado. Pero no pude evitar interpretar todo aquello como una oportunidad para restaurar mi desastrada existencia y recuperar por fin el máximo nivel de confort del sistema, al que, en aquel momento lo supe sin asomo de duda, yo pertenecía por naturaleza. ------------------------------------------------------------- Si te ha gustado lo que has leído y quieres leer más, puedes comprar AKA en: www.ComprarAKA.com -------------------------------------------------------------